Para reflexionar. Por Natalí Herman

 

 

Mi oficina es la calle. A veces no me dejan trabajar, dicen que no se puede. Que absurdo, ¿No?. Mi horario lo decido yo. No tengo obra social, ni aguinaldo, ningún tipo de seguro médico ni vacaciones. Reparto mi tiempo entre practicar para aprender más y mejorar, e irme a trabajar mostrando lo que ya sé, poniendole un poquito más de desafio cada vez que tengo esa fuerza. Manteniendo la llamita viva todos los días, para que la rutina no se vuelva rutina.

Esa fuerza.. es como una palanca que me dice “hace uno más, olvidate de la gente, conectate con lo que hacés”

Y todo fluye.

El semaforo en rojo es semaforo en verde para mi. Mi momento. El mundo entero se frena por 50 segundos.

El semaforo en rojo, la guarida.

Nadie me va a retar si no salgo a hacer la moneda, o si salgo tarde a la calle. Pero sé que eso implica estar sin plata después.

Mientras estoy ahí, en el escenario, me brotan desde adentro tantos pensamientos que quisiera decirles.

Somos muchos los que empujamos para adelante la cultura popular, y este tipo de arte. Pero a veces siento que no alcanza con salir a la calle todos los días. Que hace falta que nos comuniquemos. Que el que está del otro lado de la ventanilla entienda que estamos en la misma.

No me acerco a tu ventanilla a mendigarte nada.

No estás obligado a darme de tu sueldo. Tampoco a mirar…

Se trata solamente de valorar el trabajo ajeno. De respetarlo. Porque el trabajo implica tiempo, que es lo único que tenemos en esta vida. Y un truco nuevo, una canción, un espectáculo, por más minimo que parezca, por más rápido que se muestre, conlleva horas de práctica, de esfuerzo, de barreras que se rompen, de desafios, de logros y fracasos, de constancia y paciencia…

Cada cosa nueva que aprendo, antes la creía imposible. Y eso es un gran secreto. Creo que si el mundo lo supiera, se atrevería a hacer las cosas que realmente quieren. Imaginense si todos empezaran a hacer y lograr todo lo que creían imposible… Si todo el mundo se animara a trabajar de lo que ama, el mundo estaría más liviano, más sonriente, menos codicioso.

Entiendo que para todos no es una posibilidad. Pero tampoco es imposible.

No busco ser millonaria, solo quiero crecer haciendo lo que me gusta. Y empecé a hacerlo por amor… Como empieza todo. Uno no agarra la guitarra porque quiere plata. Uno la agarra porque siente la música. Con los malabares, con el circo, con cualquier arte pasa lo mismo. Y si de verdad verdad te gusta, vas a crecer en eso, y si creces en eso ¿Por que no podrías vivir de eso? Entonces, si ves imposible trabajar, aunque sea un poco, de lo que te gusta, es porque todavía no empezaste a hacerlo.

No digo que sea fácil.

Solo que es posible.

En la calle hay de todo.

No hay cosa que me llene más de fracaso y de dolor que ver como hay zombies adentro de los autos, hiptnotizados con sus celulares, y ver que no están mirando. Los ojos lloran por la resolana del sol, los brazos ya están cansados. Entonces, en ese semaforo pienso ¿Qué estoy haciendo acá? ¿sirve de algo mi presencia?

Pero se pone en rojo y salgo de nuevo, y hay sombrita, siento el vientito refrescandome. Y cuando termino, alguien, como al pasar, me felicita por lo que hago. Y un papá le da una moneda a cada uno de sus chicos y ellos me la alcanzan por la ventanilla, entusiasmados, con esa cara de “hay un payaso!”

Y ya está, me vuelvo con el corazón lleno de monedas.

El semáforo, la calle, es una montaña rusa.

Todo puede pasar en 50 segundos.

Natalí Herman

La Selva de mis días

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